Le preguntó
que si estaba seguro de querer compartir la oblea con él. El padre lo tomó como
una ofensa porque no entendió el sentido mayor de la pregunta. Se trataba de
estar reconciliados verdaderamente antes de la cena, de pedir perdón y de
perdonar, de entender las razones del otro y de buscar soluciones entre todos,
de sentarse a la mesa no como una familia artificial, sino como una familia unida,
fuerte.
La Navidad
no borra errores ni daños, pero sí nos brinda la oportunidad de alcanzar un
perdón mutuo. Suele ser un tiempo de mucha tensión durante el cual existe el
riesgo de que todos saquen a la luz los reproches mejor guardados, pero, al mismo
tiempo, es un tiempo perfecto para reflexionar y, si es necesario, cambiar algo
en vez de cumplir automáticamente con todas las tradiciones navideñas de la
casa. A veces puede resultar duro, sobre todo, si el resto del mundo parece infinitamente
feliz celebrando las fiestas. Vivámoslas a nuestra manera, como NOSOTROS las sentimos
en nuestra alma y en nuestro corazón.
Amémonos, respetémonos,
disfrutemos de las cosas pequeñas. Los milagros navideños están en cada uno de nosotros.
No tengamos miedo de abrir nuestros corazones al otro ser humano. Seamos el
apoyo incondicional los unos para los otros en los momentos difíciles, seamos
la fuerza que nadie nos pueda arrancar. Qué el milagro del amor nos alcance a
cada uno de nosotros no solo durante la Navidad, sino también todos los días
que siguen.
Qué en este
tiempo bendito de la Navidad nazca nuestra fe en nosotros mismos y en los
demás, la esperanza por un futuro mejor y, sobre todo, el amor que lo es todo…
Dejemos atrás todos los conflictos y malentendidos, compartamos la oblea,
démonos las manos y estemos siempre el uno para el otro.
¡Feliz vida
en amor, comprensión y paz!
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