wtorek, 11 grudnia 2018

Ser prisionero del recuerdo


Hace tiempo había en el mundo un reino en el que el poder se concentraba en las manos de un hombre muy malo. Desde el mismo momento en el que asumió el poder la persecución y las purgas políticas  se apoderaron de sus tierras. Muchas personas  fueron encarceladas, muchas otras perdieron su vida.  Incluso fue enviado a la prisión todo el monasterio que se ubicaba cerca de la capital de ese reino. Los monjes pasaron allá varios años, muchos de ellos murieron a causa de las torturas y las persecuciones, sobrevivieron solo algunos.


Estos monjes, agotados por el sufrimiento, finalmente regresaron a su monasterio cuando el rey dejó de ser rey. Pasaron muchos años… Una noche terriblemente fría un vagabundo congelado llamó a la puerta del convento. Estaba al borde de la vida y de la muerte. Pidió refugio. El monje que le abrió se dio cuenta de que ese hombre era uno de los peores verdugos de la cárcel en la que todos estuvieron presos. Como no sabía qué hacer, fue a buscar al padre superior para pedirle consejo.

El abad corrió inmediatamente a la puerta, la abrió y recibió al hombre que allá estaba esperando, le dio de comer, lo limpió, le ofreció un lugar para dormir y por la mañana le regaló un asno, la comida y le deseó suerte en lo que le restaba del camino. Los monjes se indignaron mucho y querían saber por qué motivo su superior hizo lo que hizo.

    
         - Mirad… yo a este hombre ya le he perdonado hace mucho.

       - Nosotros, en cambio, no. Todavía sentimos y sufrimos el daño que nos ha hecho, el odio sigue en nosotros y, simplemente, no podemos olvidar el pasado.

El abad les respondió entonces:

- Lo siento, pero no puedo hacer nada con que todavía permanezcáis  en la cárcel mientras que él sigue siendo vuestro verdugo, vuestro torturador que sigue teniendo el control absoluto sobre vosotros.

Ser incapaz de perdonar, guardar en el alma los daños que nos han hecho,  alimentar el odio, no saber enterrar el pasado… son cosas que nos lastiman sobre todo a nosotros mismos. Eso es lo que realmente despoja nuestros corazones y nuestras almas de la libertad; los vuelve a encerrar en las cárceles una y otra vez.


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¿Nos vemos allá?


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