Existe una receta, muy fácil de hacer, para no perder la
sensación de la felicidad: basta con recordar siempre que el mundo nos
necesita. Esta idea se relaciona un poco con la publicación de la semana
pasada, ya que la mayor felicidad la conseguimos en el momento en el que le
damos la mano al prójimo cuando él la necesita. A veces esta ayuda pasa
desapercibida, pero incluso sin que nuestra aportación llegue a ser reconocida
por otros, nosotros lo sabemos. De cierta forma nos convertimos en los ángeles
de la guardia que, tras cada buena obra, florecen por dentro.
El truco consiste, además, en saber captar estos
pequeños detalles que invaden nuestras vidas a diario. Captarlos y apreciarlos.
Porque, queridos, la gente muchas veces no sabe lo que tiene hasta que, al
final, lo pierde. Nos dejamos llevar por la corriente y perdemos la habilidad
de valorar correctamente todo lo que nos
rodea. Hay tantas cosas que apreciamos solo después de perderlas; tantas
personas, situaciones, relaciones… Reconocemos su valor verdadero cuando ya no
están. ¿Qué pasaría, en cambio, si intentáramos modificar la forma de pensar?
Imaginad, por ejemplo, que conocéis el momento exacto en el que una parte de
vuestra vida cotidiana llega a su fin. Una parte en la que no ponéis mucha
atención a diario, sobre la cual no reflexionáis. Puede ser un lugar concreto
por el que pasáis todos los días, un paseo que dais con vuestra mascota, un
vínculo con otra persona, en fin, lo que os llegue a la mente. Y ahora intentad
imaginaros vuestra vida sin ello…
La cosa es que cuando no sabemos cuánto tiempo nos ha
sido dado, solemos vivir como si todo fuera eterno. Lo que me gustaría que os
preguntarais es cuántas cosas cambiaríais si conocierais la hora final de cada
capítulo de vuestras vidas. Sabiendo, por supuesto, que jamás se podrá volver
el tiempo atrás.
Hay también otra pregunta que vale la pena hacerse a sí
mismos. ¿Qué significa la felicidad para ti? ¿Tu felicidad te deja ser libre? A
veces lo que tanto amas, lo que tanto deseas y lo que buscas toda tu vida con
tanta desesperación te convierte en un esclavo. Muchas veces nos proponemos
metas ridículas creyendo que, al alcanzarlas, el mundo se rendirá bajo nuestros
pies. Sin embargo, solo eso que te ofrece la libertad en vez de esclavizarte
puede llegar a considerarse una felicidad verdadera.
Queridos, os deseo de todo corazón que sepáis valorar
las cosas simples y que ellas mismas logren sacaros una sonrisa :)
Por cierto, ¿cómo van vuestros preparativos para las JMJ?
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